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Para todo mal, toma mezcal Texto de Sala: La Pierde Almas - “Decada: 1994 – 2004 Jonathan Barbieri Pinturas y dibujos”, Sonoma Valley Museum of Art, Sonoma, California. Inicié esta serie en el mes de julio del año 2000, cuando me propuse crear una carpeta de estudios in situ con la intención de llevarlos después a lienzos de gran formato. Aunque durante los dos años que siguieron continué frecuentando mis cantinas predilectas (al parecer por razones propias de la investigación), pronto abandoné la idea de transformar esos bosquejos en óleos ampliamente desarrollados. Por el contrario, comencé a darme cuenta de su valor intrínseco como obras de arte ya concluidas, en vez de verlas como trazos preparativos para la obtención de otra cosa. El dibujo y la pintura, aunque tengan mucho en común, son disciplinas separadas —cada una con su carga de compromiso histórico; cada una con sus objetivos particulares. Si mi intención hubiera sido captar una serie de imágenes instantáneas para “revelarlas” después sobre los lienzos, una cámara fotográfica hubiera resultado más útil que mi gavilla de trapos y lápices. Pero la cámara también pesa con sus exigencias históricas y sus expectativas implican prioridades diferentes a las mías. ¿Quién puede resistirse a matar una tarde entera en la cantina? Basta con caminar unas cuantas cuadras para toparse con una de ellas —que bien puede ser en el barrio de Xochimilco o en los corredores cuadriculados enfilados de casas de adobe coloniales del Centro Histórico, o en los callejones empedrados del barrio de Jalatlaco. Cada puerta de cantina que derrama su sombra sobre la calle soleada resulta más atractiva que la puerta anterior. Hay pocas cosas que puedo clasificar como mas sublimes que el hecho de estar a solas en la mesa de algún recinto sombrío, esbozando tranquilamente las peculiaridades de ese teatro que acontece frente a mis ojos. Era imperativo iniciar la obra en esos sitios, pero la realidad que presencié y lo que quedó trazado finalmente en mis pergaminos o plasmado en mis lonas son cosas muy distintas. Es decir, los mejores dibujos se basan no en lo que uno ve, sino en lo que los materiales —el lápiz, el pincel o la espátula - actuando por sí mismos eligen plasmar. Las honduras de la verisimilitud que el arte es capaz de sondear se extienden mucho más allá del simple dogma de la realidad. El arte se alimenta de la vida, pero nunca la debe de imitar. - Oaxaca, septiembre de 2004
El infierno son los otros Lo que sigue es un fragmento (540 palabras): ...Sobra decir que el lenguaje que utiliza Barbieri obtiene sus raíces de la experiencia, del encuentro con lo humano. Sus obras no son metáforas para un arte de insinuaciones, son los trazos más violentos con que se invoca a la humanidad de un espíritu. Los vasos donde el alcohol aguarda a ser bebido. Las cuencas negras de los hombres que miran de frente. Los cuerpos sin sexo que se besan. La sangre que mana sin cesar¿ Cómo podemos tolerar la risa de ese hombre que sangra alrededor del cuello? ¿Hasta dónde es posible soportar la visita nocturna de un ave? No sería desmesurado afirmar que esta pintura es perturbadora. Lo supe desde la primera vez que Barbieri me mostró sus cuadros. No es necesario estudiarla sino enfrentarla. Después de todo, como pensaba Nietzsche, la vida carece de argumentos. Las explicaciones vienen siempre después del hecho: son posteriores. Sería pírrico intentar descifrar el orden o el significado de los símbolos que marcan la historia de los cuadros: una serpiente de dos cabezas o la sombra de un proyectil o el aro rojo suspendido en otra dimensión de la tela. Puedo arriesgar una interpretación, aunque sin duda me equivocaré. De lo que estoy seguro es de que la ausencia de estos símbolos tendrían como consecuencia la anulación del espacio, la desaparición de todo aquello a lo que parecen otorgare sentido. Sin ese íncubo suspendido como péndulo sobre una mesa la pintura se desmoronaría Si los cuadros de Barbieri pueden perturbarnos es porque en su superficie no sobra absolutamente nada. Como cuando la muerte escoge a sus víctimas con precisión absoluta, así cada objeto toma su lugar en el cuadro. Todo parece suceder alrededor de una mesa. Más bien todo parece haber sucedido. A pesar de que existe un rumor de conversaciones o risas discretas es el silencio el que domina la escena. Son cuadros sin ruido. Incluso los rostros parecen tan acostumbrados a sí mismos. Nada de esa elocuente demencia que invade los rostros del expresionismo clásico. Tampoco creo que un sentido trágico se oculte en el ser de esta pintura. Veo más bien desolación, resignación, destierro. Cuántos escritores no hubieran deseado pintar uno de estos cuadros para ahorrarse esas largas horas hilando palabras ambiguas, testarudas. Creo que ningún hombre sensible tiene derecho a la normalidad como tampoco creo que una pintura como la que describimos en estas hojas pueda ser objeto de una contemplación desinteresada. No tendría caso asumirse estoico frente a los cuadros de Goya o de Otto Dix. El cuerpo de una ramera dibujado por Rouault se impone a nuestra mirada porque de unos cuantos trazos pone al descubierto su humanidad. "Toda vida es la historia de un hundimiento", pensaba Cioran. Cada cuadro de Barbieri es la historia de una locura, de un ocaso, pero también de una decadencia. No es extraño que los colores que utiliza nos den la impresión de haber sido concebidos a la luz de una lámpara apenas necesaria para distinguir la silueta del otro. Son colores que tienen mucho en común con esa pálida luz de las primeras horas cuando el sol aún no nos incomoda con su brillo escandaloso, cuando la botella se ha acabado y sólo hay sangre en el piso.
EL ALMA RECUPERADA Tengo presente un viejo grabado que recuerdo me impactó especialmente. Es de José Guadalupe Posada. En él vemos dos personajes vestidos de manera andrajosa afuera de una cantina. Ambos sostienen en sus manos un tarro de pulque y, al tiempo que departen, brindan enfundados en un cuerpo al que el alcohol ya le ha causado algunos estragos. Recuerdo esa imagen justamente porque encerraba una contradicción curiosa: los bebedores estaban a las puertas de la taberna, sobre la calle, no dentro del recinto en el que seguramente hubieran llevado a cabo las mismas acciones advertidas por el grabado. Había en esa imagen otra parte de la historia constatada. Y es por ello tal vez que a los años vista me regresa la escena, posiblemente porque en el fondo desearía que los personajes estuviesen dentro de la cantina, o tal vez acompañarles, aunque fuera de pie y en la banqueta... Creo que el trabajo pictórico de Jonathan Barbieri, no sólo por sus cualidades temáticas, toca de manera tangencial esa vieja escena en el grabado del siglo XIX al que me refiero. La diferencia estriba en que Barbieri, al ponernos como espectadores frente a quienes asisten a la cantina ‘La Pierde Almas’ nos hace cómplices y parroquianos involuntarios de lo que ahí sucede. Así, desnudos de alma, los presenta y los pone ante nuestros ojos como ni ellos mismos se ven entre sí. Tal vez no lo saben, pero son los dueños de un mundo que creyeron privado e íntimo y que ahora, pese a ellos tal vez, les tenemos en las manos como en otras tardes nos tuvo la vieja imagen de dos hombres, brindando en la vía pública, justo afuera de una cantina. Recuerdo que en el Museo de Arte Contemporáneo de Oaxaca estuvieron expuestas dos obras de Jonathan Barbieri. Su presencia ahí rompía con mucho de lo expuesto en esa ocasión. Se trataba de un par de trabajos cuya composición totalmente ortodoxa me recordaba algunas piezas de la escuela Flamenca del siglo XVII. Dentro de este armazón interior, digamos que en apariencia ‘tradicional’, se desarrollan temas de gran actualidad como el que protagonizan siete personajes bebiendo en torno a una mesa. En la escena que se lleva a cabo en un bar, decía, está un hombre con un balazo en la sien, otro con un tajo abierto en el cuello, uno más al que se le han cubierto los ojos para conservar su identidad y otros más con las características ojeras con las que suelen representarse los cadáveres. Sobre ellos, acaso en homenage al Bosco, una libélula / demonio / hombre ensangrentado vuela cerca de las aspas de un ventilador al tiempo que cae sobre los parroquianos. Como si fuese continuación de esa obra, estaba otra pieza en la que se aprecia una mesa con huesos humanos, una botella, un zapato, vasos de tequila, colillas y nadie sentado en ella. ¿Se han ido? No, más bien se han vuelto a morir. La desesperanza que me produjo esta pieza fue mayor y apuradamente se mitigó cuando conocí fotografías de algunas obras de Barbieri realizadas en épocas anteriores. Se trataba de trabajos de la primera mitad de la década de los noventa en los que los personajes seleccionados llevaban a cabo las más insólitas acciones posibles. En esa serie de obras los personajes interactuaban en espacios cerrados y apenas abiertos por ventanas en las que los cuerpos se veían en ocasiones fragmentados. Sus posturas, los ambientes en los que habían sido situados, las corpulencias que denotaban individuos con una historia más de corte europeo o anglo-sajón replanteaban y trastocaban algunos de los patrones estéticos más afincados en el gusto norteamericano pero ahora en aparente franca desventaja espiritual y psíquica ante los observadores. Las coyunturas y los relatos son absurdamente sugestivos. Dos hombres ríen a carcajadas (¿se burlan?) de un tercero que está frente a un micrófono, otro intenta alcanzar con una rama sin hojas la cabeza mutilada de un cerdo. Y las sillas, siempre las sillas a partir de las cuales se suceden las historias de sedentarismo mientras alguien las ocupa o de acción al verlas abandonadas, ausencia de la cordura de quien no pudo mantenerse en ellas para sobrellevar un infierno interior y cremarse en él o un paraíso por el cual andar a placer. Un hombre corre a su derecha como si quisiera escapar de la escena. Mientras los ojos de una mujer ciega tocan algún punto fuera de la composición en la que desde hace tanto ella convive con su singular mascota, tiene delante a un pequeño mono atado a su silla. Pero pocas imágenes tan inquietantes como ‘The Attendant’ (1991). Dentro de un espacio delimitado por tres muros visibles, un hombre al centro de la escena trapea con un mechudo un suelo de brutales trazos de pincel que sus pies descalzos parecerían tratar de apaciguar. Detrás de él un hombre sentado está encorvado de cara al muro, sin mirarlo. A la derecha de la figura principal, en la pared, una pequeña ventana sirve de marco para el rostro de un hombre que mira con atención desde afuera a quien realiza la faena del aseo. En primer plano, frente a nosotros, una silla vacía. Como en el grabado del siglo XIX con dos hombres en la acera fuera de la cantina, la obra de Barbieri contiene también una fuerte carga de exterioridad. Me refiero a las situaciones que se dan en su obra y de la que sus personajes son los protagonistas: al verles instalados en una melancolía profunda, en la locura galopante de una mirada ida, en la risa desbocada, en sus heridas sangrantes, sus peleas, los juegos de pulso o simplemente bebiendo, descubrimos que esa aparente intimidad descubierta deja de serlo para convertirse en evidencia de lo ahora externo. Se ha mutado lo intrínseco por los extrínseco, el adentro y el afuera tienen entre sí la clara frontera de lo que se convirtió en evidencia. Este tipo de estructura interior en la obra de Barbieri se repite con frecuencia en las obras de la serie ‘La Pierde Almas’. En ella encontramos al igual que en sus trabajos anteriores una ordenación netamente escenográfica en la que nadie estorba la vista del otro. Todo es visto; cada cual hace su papel sin interrumpir al de junto. Aunque esto parecería sólo un recurso formal de composición, va mucho más allá de la estricta necesidad estructural de la obra para situarse en una urgencia expresiva del Barbieri como autor, pero sobre todo como preciso y discreto observador de espacios, en este caso, de una cantina. Vale apuntar aquí la estrecha relación del boceto con la obra definitiva que, en muchos casos, ha nacido de apuntes al natural. Tal es el caso por ejemplo de ‘Vencidas’, pieza que nació de un apunte realizado sobre pergamino y cuya delicadeza no resta fuerza a la escena que en él se constata. Aunque por necesidad del recurso pictórico y por evolución y modificación lógica de una idea en el transcurso de su realización, ‘Vencidas’ sufrió cambios. Dos claros ejemplos son el cuervo que es estrujado por el personaje del lado izquierdo mientras juega con su contrincante; el bombillo de luz que ha sido sustituido por un círculo rojo que ahora indica más la presencia de una zona de fuerza que una fuente lumínica; los personajes del fondo han sido también mutados y en todos los casos cambiadas sus posturas. Parecería fría esta lectura casi analítica, sin embargo, es imprescindible para el entendimiento de la manera particular en la que Jonathan Barbieri aborda su obra. Si bien ahora cuando se ponen sobre el banquillo de los acusados las técnicas y maneras tradicionales de acercarse a la pintura (y a la pintura misma…), encontramos que un importante contingente de creadores visuales abordan su cotidianidad expresiva de esta manera. Y más allá, aquello que ven, eso que nos hacen ver, lo que dicho con su lenguaje nos comparten, son momentos de una vida constatada y que ahora como espectadores nos tocan. Da lo mismo si conocemos la cantina ‘La Pierde Almas’, más aún si somos parroquianos de ella o de cualquier otra; lo que importa es que a través de la obra de Barbieri somos una suerte de testigos de privilegio que por su conducto nos acercamos a ese mundo que plásticamente está en su obra constatado con su personal lenguaje. Aunado a él, los trabajos literarios de Ulises Torrentera y Guillermo Fadanelli ponen el énfasis en esa otra vertiente progenitora de las urban legends que al poco de ser acuñadas se convierten en historias incuestionables. Ya nadie pone en tela de juicio aquello que por medio de la literatura se ha contado. Si era historia, tenía el pecado de origen de haber sido puesta en los oídos de los demás por algún reconstructor de hechos. Pero es creación y por ello su verdad está intrínseca en cada línea. ¿Alguien duda que el ángel guardián del bebedor exista realmente? Las imágenes, como las palabras que acompañan esta historia, tienen tanta corpulencia como los recuerdos que podamos tener de largas horas en una cantina. Recuperada la memoria, sé que el alma regresa a su lugar y viaja como sobre dos caballos galopando juntos. Creación paralela, imágenes y palabras tejen una historia que levanta de manera solemne un acta de extravío del alma. Nada mejor para dar con ella que ir directo al sitio en el que la vimos por última vez.
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